Sembrando salud y un sentido de comunidad:
La historia del proyecto de salud de la comunidad de Guarjila
Al llegar a la Clínica Ana Manganaro de Guarjila, de inmediato se nota algo especial en el aire. Puede ser la actitud de colaboración entre el personal, las sonrisas y preguntas de los pacientes, o simplemente puede ser el pensamiento compartido entre el personal tanto como los pacientes. Todos saben que esta clínica es muy única- que viene de la comunidad y es para la comunidad.
Este sentido comunal se encuentra en todo lo que se hace en la clínica - desde las charlas comunitarias, las visitas a casas y las campañas de nutrición y higiene. Por tener el enfoque comunitario así y las buenas cifras de la salud que la acompañan, la clínica Ana Manganaro es un ejemplo muy especial en El Salvador, y ha sido reconocida por muchos profesionales de salud como un “proyecto modelo” de salud comunitaria.
¿Pero cómo empezó a trabajar así la clínica Ana Manganaro? Para entender bien el éxito de la clínica, es importante también conocer sus raíces, su trayectoria de desarrollo y las personas claves que formaron parte de su historia.
Inicios de la clínica
La clínica fue establecida en el año 1987, el mismo año que la comunidad regresó a El Salvador desde los campamentos de refugiados en Honduras. Muchos salvadoreños buscaron refugio en Honduras ya que desde los principios de los años ochenta, El Salvador estuvo envuelto en una guerra civil entre la fuerza armada (y las personas derechistas en el país) y un frente popular que buscaba reforma agraria y más derechos para el pueblo . Debido al carácter popular y campesino del movimiento izquierdista, el gobierno adoptó una estrategia de persecución hacia los pueblos campesinos en las zonas del país con más actividad guerrillera. Cómo resultado, muchas personas en las zonas campesinas corrían mucho peligro a ser atacados, hasta ser matados, aunque no formaran parte de la guerrilla. En el departamento de Chalatenango, muchas de estas personas huyeron a los campamentos de Mesa Verde, justo cruzando la frontera con Honduras.
Fue en este campamento que se sembraron las primeras semillas de la clínica Ana Manganaro. En el campamento, se formó una directiva de la comunidad y se elaboraron proyectos para ayudar a la gente. Había una escuela y talleres de hojalatería, sastrería y zapatería, entre otros. Además, había una unidad de salud. Marlene, una de las enfermeras actuales de la clínica, empezó a trabajar allí cuando tenía sólo 12 años. Su tío trabajaba allí y la invitó a participar. Otra promotora, Angélica, empezó a trabajar en la unidad en 1986. Ella se incorporó en el trabajo del laboratorio. Para ella, le convenía incorporarse en el equipo de salud porque ya había trabajado cómo sanitaria en la guerra. Hubiera seguido con este trabajo en El Salvador, pero se embarazó
y se salió al campamento para tener a su bebé.
A pesar de que la gente pudo organizarse bien dentro del campamento, tampoco fue una vida digna. Hacía mucho frío y no había mucho servicios higiénicos. La gente vivía amontonada y se compartían pocas letrinas entre muchos. Además, había mucha represión por parte de la fuerza hondureña. No los dejaban salir afuera de la cerca que los encerraba. Dos veces, desaparecieron a personas de este campamento por haber salido sin permiso.
Debido a esta situación, los habitantes del campamento decidieron que preferirían regresar a El Salvador y tratar de vivir allí, aunque estuvieran en plena guerra, que aceptar la opresión que sufrían en Honduras. La directiva de la comunidad organizó el traslado y colaboró con los grupos internacionales que estaban allí apoyándolos para tratar de hacer el viaje lo más seguro posible. La directiva reconoció la importancia de mantener disponible la atención médica y pidió a Marlene y Angélica que llevaran un botiquín con ellas para atender a las personas durante el traslado. Angélica y Marlene estuvieron de acuerdo y se prepararon para el viaje con mucho gusto.
Llegando a Guarjila, el nombre que le dieron al lugar dónde se asentaron en El Salvador, la comunidad enfrentó nuevos retos. No había nada en el lugar, y las personas traían muy pocas cosas. Casi no había agua, no habían letrinas, no habían casas y no había nada de infraestructura. No había servicios de salud porque el ministerio de salud había salido de esa región. Aunque la comunidad enfrentaba muchos retos en este nuevo hospedaje, todos ellos colaboraban y empezaron a construir casas, hacer trabajo colectivo y desarrollar su comunidad. Por ejemplo, justo llegando al asentamiento, Angélica y Marlene prepararon un área de salud comunal. Pusieron una carpa arriba, para servir como techo, y abajo pusieron las cosas que se habían llevado en el botiquín. Ellas dos empezaron a atender los problemas de salud de su comunidad.
Se expande el proyecto de salud comunitaria
Había mucha necesidad de atención médica. Por eso, poco después de que llegaron a su nuevo hogar, la directiva eligió a otras promotoras de salud para que se ampliara el equipo. A algunas de ellas, cómo Esperanza del equipo actual de la clínica, las eligieron porque ya habían tenido experiencia cómo sanitarias en la guerra. El equipo de salud creció aun más porque la guerrilla mandó a algunas sanitarias a la región para apoyar al nuevo proyecto de salud. Por ejemplo, otra promotora actual, Marina, se vino a colaborar en el proyecto de esta manera. En poco tiempo, el número de promotoras había crecido a 16. Durante este tiempo, Angélica salió del equipo de salud, pero seguía yendo con los grupos de sanitarias para atender a los guerrilleros en el combate.
En estos primeros meses, la clínica se instaló en un lugar más fijo. La comunidad construyó una casa para servir cómo la clínica. La casa era un sólo cuarto con una mesa larga. Las promotoras daban consulta en esa mesa, una al lado de otra con poca privacidad. Atendían las necesidades de salud de las personas de la comunidad y también a personas heridas en la guerra. A veces, cómo muchas personas del pueblo tenían hijos guerrilleros, se los traían después de un enfrentamiento para que fueran atendidos. También, las personas civiles de la comunidad llegaban con heridas causadas por la guerra y por los ataques aéreos que el pueblo sufría. Las promotoras ayudaban mucho a la gente, pero cómo no tenían mucho equipo, medicamento ni capacitación formal, no podían hacer mucho para atender a los casos más complicados. Por ejemplo, al inicio, sólo tomaban temperatura y presión y hacían curación.
Las promotores trabajaban duro y muchas horas, pero cómo era trabajo comunal, no se les pagaba. Vivían con sus familiares y sus papas y la comunidad les daba frijol y maíz comunal.
De hecho, al inicio, no les daban la comida comunal tampoco, aunque hacían trabajo para la comunidad. Algunos miembros de la directiva eran machistas y no valoraban bien el trabajo de las mujeres. Pero ellas organizaron una huelga y dejaron de trabajar. Sin tener acceso a los servicios de la clínica, la comunidad se dio cuenta de la importancia de las promotoras y los de la directiva fueron a hablar con ellas. Hicieron un acuerdo y después de eso, la directiva empezó a darles comida comunal a las promotoras de salud. También se organizaron para que un hombre entrara al equipo de promotoras.
Después de haber trabajado por algunos meses con puras promotoras de salud, la clínica empezó a recibir apoyo de afuera y de otras personas. Por ejemplo, la iglesia católica y luterana se fue enterando del proyecto y les ayudaban con abastecimiento de medicamento y otros bienes. Sin embargo, muchas veces era difícil conseguir este medicamento, porque la fuerza armada no les dejaba pasar las cosas en la carretera. Por eso, varias veces el equipo de salud tuvo que pasar el medicamento a escondidas, durante la madrugada.
Se incorpora la doctora Ana Manganaro al proyecto
Otro apoyo muy importante para la clínica fue la colaboración de la monja y médica Ana Manganaro. Ana llegó a trabajar con la clínica de Guarjila a través de la recomendación del padre español Jon Cortina, quien había acompañado a la gente de Guarjila desde que se regresaron a El Salvador. Padre Jon reconocía la importancia de la clínica y la calidad de trabajo de los promotores. Pero también, se dio cuenta que la clínica podría beneficiar mucho si tuviera más recursos y más apoyo. Cuando conoció a Ana en un lugar que se llama Calle Real, la invitó a ir a conocer el proyecto de Guarjila. Ella fue y le impresionó mucho lo que los promotores hacían y lo que habían logrado aprender con poca educación formal. Sin embargo, veía la necesidad de quedarse para darles más capacitación y para participar en el desarrollo del proyecto. Ella hizo su casa a cómo cien metros de la clínica, y empezó a trabajar con los promotores de salud.
El estilo de trabajo de Ana era de apoyo y enseñanza. Ella siempre insistía que las promotoras de salud fueran las que atendieran a los pacientes. Ella las apoyaba con casos difíciles y las enseñaba. Servía más cómo maestra y socia y menos cómo “jefa.” A las promotoras les daba muchas capacitaciones para que aprendieran destrezas cómo curación, cosas y higiene y primeros auxilios. Cómo la comunidad no tenía muchos recursos, Ana usaba los materiales que estuvieran disponibles. Por ejemplo, les enseñó a poner puntos usando las gallinas del almuerzo. Las abrían y ponían los puntos y después las cocinaban y comían. Así aprendieron.
Las promotoras valoraban mucho la manera especial de enseñanza que tenía Ana. Marina, una de las promotoras actuales de la clínica, describe cómo Ana le enseñó partería:
“Cuando no tenía mucha experiencia todavía, Ana me llamó para hacer un parto de nalgas. Yo tenía mucho miedo porque nunca había hecho nada así. Pero ella me decía, ‘Sí, puede. Tienes que aprender.’ Y me explicó cómo hacerlo. Me dijo, ‘ponga la mano adentro y encuentre el cuerpo.’ Así fui, sacando el bebé. Después la barbilla pegó y no sabía que hacer. Me puse muy nerviosa. Pero Ana siempre me ayudó. ‘No se preocupe, está bien,’ me dijo. ‘Usted puede; sólo busque su boca y ponga el dedo adentro.’ Entonces, así lo hice y por fin me salió ese bebé. Lo había hecho sola, pero siempre
con Ana como maestra.”
Ana no sólo era maestra y líder destacada, sino que realmente se incorporó cómo miembro de la comunidad. Todos los sábados, Ana llevaba a los promotores de salud y a sus familias a comer pupusas a la ciudad de Chalatenango. Decía que los hijos de los promotores eran sus nietos. Con tantas personas, casi no cabían en el carrito blanco de Ana. En ese carro los llevaba a pasear a los lagos y parques cercanos. Otra cosa especial que hacía Ana era que cada vez que nacía un bebé en la comunidad, le regalaba a la familia un ramo de flores de su jardín de rosas y claveles.
Tal vez por su mismo compromiso con la comunidad de Guarjila, Ana a veces causaba problemas para el ejército. Una de las promotoras se acuerda de una vez cuando el ejército vino a sacar a Ana de la comunidad:
“Cuando venía el ejército, toda la comunidad vino para apoyar a Ana, para que se pudiera quedar. Tocaron la campana en la capilla. Esa fue la señal que toda la comunidad tenía que venirse. Hicimos un gran círculo alrededor de Ana. Ella estuvo en el medio y no la podían alcanzar. Le hablaban con un gran megáfono. ‘Ana, ¡venimos a liberarla!’ Decían que ella estaba presa con las guerrilleros. ‘No,’ les decía Ana, ‘Aquí me quiero quedar.’ ‘Pero aquí es peligroso,’ le contestaron. ‘Pero aquí me voy a quedar. Esta gente me necesita.’ Ellos ya no la podía convencer y tampoco podían alcanzarla. Así que, se fueron.”
La gente sufría mucha represión por parte del ejército y el gobierno, pero Ana siempre luchaba por los derechos de la comunidad. Por ejemplo, si una persona de Guarjila requería de una atención más avanzada en un hospital, muchas veces a los empleados de salud del gobierno se les negaba la atención de salud. Decían que formaban parte de la guerrilla y por eso no los querían atender. Ana tenía que luchar para que los atendieran. Una promotora se acuerda de un caso de una niña de 7 años:
“Una vez llegó una niña de 7 años a la clínica. Le habían caído balazos de los aviones. Estaba muy mal con los intestinos (afuera?) y todo herido adentro. No había mucho que podíamos hacer para ayudarla. Necesitaba que la atendieran en un hospital. Ana la llevó un su carrito blanco al hospital. Ellos en el hospital no la querían atender a la niña. Decían que era de la guerrilla. Pero Ana venía preparada. Se había llevado la constitución de El Salvador con ella y se la enseñó a los médicos. Les dijo “Miren, aquí en la constitución dice que las personas tienen el derecho a la salud.” Insistió que la atendieran, y en fin, lo hicieron.”
En este caso la niña sobrevivió y se recuperó. Sin embargo, siempre lleva en su cuerpo la memoria de la guerra porque se dañó su matriz para siempre y ahora ya nunca va a poder tener hijos. Pero si no fuera por Ana, se le hubiera dañado muchísimo más.
Se desarrolla la misión de la clínica
Bajo el liderazgo de Ana, la atención de la clínica se mejoró y se diversificó. Se seguía atendiendo a las personas en la clínica original. También, en la casa del padre Jon, se estableció una guardería para los niños de los promotores y un cuarto para enfermos y heridos. El padre Jon y Ana tenían sus casas muy cerca de la clínica, y estaban disponibles a cualquier hora para apoyar a los promotores de la clínica.
Durante este tiempo, la misión de la clínica también se expandió. El equipo de salud empezó a mirar la necesidad de hacer trabajo de prevención de enfermedades, no sólo de atención a los problemas de salud. Se empezaron campañas de higiene y aseo, proyectos de nutrición y charlas de salud. Con estos proyectos, se logró bajar mucho la incidencia de enfermedades transmisibles en la comunidad.
Junto con el servicio y los proyectos de la clínica, los promotores de salud también desarrollaron sus capacidades. Ana daba capacitaciones del primer hasta el tercer nivel. Así, las promotores llegaron a tener un conocimiento médico bastante avanzado. Cada uno de los promotores tenía su propia área de especialidad que le tocaba. Por ejemplo, cuando Angélica volvió a trabajar en la clínica en 1988, se enfocó en el trabajo de laboratorio y de prevención. Esperanza, por su parte, siempre hacía curación. Y Marlene ha trabajado más con la coordinación de la clínica.
Al ver el éxito del modelo de promotores de salud en Guarjila, Ana empezó a ayudar con la formación de promotores en toda la región de Chalatenango. Ayudó a crear una red de 300 promotores en Arcatao, Las Flores y Los Ranchos. En este sistema, los promotores daban consulta a la gente. Ana iba a visitar a las comunidades y los promotores le decían cuales eran los casos más difíciles que habían visto últimamente. Ana iba a visitar a estas personas en sus casa, acompañada por dos promotores. A estos promotores les explicaba y les enseñaba para que fueran aprendiendo y desarrollando sus propias destrezas. Siempre los promotores daban la consulta y Ana los acompañaba, enseñando y coordinando.
Se nace la nueva clínica
Este sistema funcionaba bien, pero después Ana vio la necesidad de construir una clínica central. Su visión era tener una clínica de referencia y contrarreferencia para que los promotores pudieran mandar los casos complicados a la clínica para que Ana y los promotores de cabecera los pudieran atender allí. Esto le facilitaría el trabajo a ella y le ayudaría al equipo atender a más gente. Pero para construir una clínica así se necesitaba muchos materiales.
En 1991, Ana fue a hablar con el padre Jon Cortina para preguntarle si fuera posible hacer una clínica así. El padre tenía un amigo en los EEUU que tal vez estuviera interesado en apoyar el proyecto. Ellos pedían $5 mil dólares, que en ese tiempo les rendiría muchos colones. Este amigo le contestó y le dijo que sí quería apoyar, pero que no quería dar $5 mil dólares sino que quería dar aun más dinero - unos 25 mil dólares. Esto fue un sueño hecho realidad para Ana y el equipo.
Ana y el padre Jon fueron a pedir permiso del cuartel de Chalatenango (¿?), que les dejaran pasar los materiales, porque todavía estaban en guerra y tenían que pedir permiso. Al inicio les negaron el permiso. Entonces ellos fueron a pedir a niveles más altos, con la fuerza armada del estado. Después de someter el pedido, ellos no escucharon nada por 15 días. Ya no querían esperar más, así que decidieron pasar los materiales a escondidas durante la noche. Ya teniendo los materiales, la comunidad y el equipo empezó a construir la clínica con mucha felicidad. Cuando por fin les llegó el permiso del estado, ya estaban por terminar la construcción de la clínica.
La clínica empezó a funcionar de inmediato. Durante la inauguración, el obispo de Chalate fue para ayudar con la ceremonia. Pero en fin de cuentas, la clínica empezó a atender a la gente antes que fuera inaugurada. Marlene, una enfermera y promotora en la clínica, describe la situación:
“Ese mismo día, vinieron algunos guerrilleros heridos porque hubo un combate en Las Mercedes y ellos requerían atención médica en la clínica. Entonces, tuvieron que hacer la ceremonia afuera de la clínica, para que el obispo no se diera cuenta de lo que estaba pasando adentro. Mientras el obispo hablaba, se estaban operando a estos compañeros dentro de la clínica.”
Cambios en la clínica
El 6 de enero de 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz para poner el fin a la guerra. Después de eso, el personal de salud que había trabajado con la guerrilla se fue a varios departamentos para trabajar allí. Una de estas personas era Victoria, una doctora alemana. Ella se vino al proyecto de Guarjila y empezó a colaborar con Ana. Juntas, ellas llevaban la clínica y el nuevo sistema de referencia y contrarreferencia con las comunidades, siempre dando prioridad a los promotores y trabajando como respaldo para ellos. Junto con este modelo, el equipo de salud de Guajila seguía con las actividades de promoción de salud, como las campañas de aseo y higiene y de prevención de enfermedades. Cuando las promotoras de salud no estaban en la clínica, estaban siempre en la comunidad, haciendo visitas a casas o dando charlas en las escuelas.
En este tiempo, el gobierno quería integrar el proyecto de salud de Guarjila al sistema de salud del ministerio. Pero el gobierno quería poner su propia gente y despedir al personal que ya trabajaba allí. Por eso, el equipo quiso mantener la clínica independiente, basado en el trabajo de las promotoras. Además, ellos podían mantenerse independientes porque la clínica tenía mucho apoyo de organizaciones extranjeras, cómo CAFOD de Inglaterra, el gobierno de Luxembourg, el Tamarindo y el grupo Viva Guarjila de Alemania. Este apoyo también les ayudaba a dar una atención gratuita (o de muy poco costo) a la comunidad.
La despedida de Ana
En abril de 1993 Ana se fue para los EEUU por problemas de salud. Antes de que ella hubiera venido a El Salvador, le habían diagnosticado cáncer de seno le quitaron los senos Ella iba una vez al año a los EEUU para recibir un chequeo para asegurarse de que no se regresara el cáncer. Pero una vez que fue, se regresó a El Salvador con malas noticias. El cáncer había regresado y Ana les dijo a las personas del proyecto de salud y de Guarjila que se tenía que ir a los EEUU para que la dieran atención médica allí. Para despedirse, les regaló a las promotoras una rosa de su jardín. Ella esperaba recuperarse y volver a trabajar en Chalatenango. Pero a 40 días de que se había ido, la gente de Guarjila recibió la noticia que Ana se había muerto por el mismo cáncer. Apenas tenía 45 años.
Cuando Ana murió, Victoria retomó el proyecto de salud y las promotoras seguían trabajando, pero siempre recordándose de Ana. Ana dejó una huella my importante en la clínica y en toda la comunidad. Nunca quería imponer sus ideas en la comunidad, sino apreciar las habilidades especiales de las promotoras y los otros miembros de la comunidad y ayudarles a florecer.
El proyecto de salud actual
Ahora el proyecto ha crecido aun más y se han desarrollado proyectos de nutrición, atención prenatal y manejo de enfermedades crónicas. Nuevas promotoras, cómo Reinady, Thelma, Estela y Magdalena se han incorporado al proyecto.
Con el enfoque siempre en la atención primaria y la prevención, se han logrado en Guarjila unos índices de salud bastante altos. Por ejemplo, la comunidad tiene tasas de diarrea (1.6%) y de parasitismo (4.3%) muy bajas, comparadas con otras de la región. También, desde 1997 hasta 2007, se logró tener una mortalidad materna de cero, algo que es poco común hasta en países desarrollados. Por el mismo éxito que el proyecto de salud ha tenido, muchos lo ven como un “proyecto modelo.”
La clínica Ana Manganaro realmente es un proyecto creado por el pueblo, dirigido por el pueblo y con un enfoque hacia las necesidades del pueblo. Salió de muchos años de sufrimiento, solidaridad, apoyo mutuo y trabajo comunal. Es el resultado de la organización de la comunidad y del sudor y sabiduría de mujeres de mucho valor y mucho conocimiento. La historia del desarrollo de la clínica Ana Manganaro nos muestra que el éxito de la clínica se debe a la esencia comunal del proyecto. Esta “esencia” ha tenido un papel clave desde el inicio de la clínica y ha seguido siendo una parte fundamental de sus actividades.
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Hi Juliana,
ReplyDeleteI'm a med student at SLU (the same school Ana Manganaro went to). I'm trying to find out more information about the clinic and I came across this wonderful article you wrote. I don't know anything about blogging so please forgive my questions if they come across as ignorant. But who are you? And, what are your sources for this article?